20090523

.dos.

Las moscas me despiertan. Siempre he odiado que ronden mi espacio a la redonda. Su zumbido y terquedad me son tan molestos. Repugnantes. Sacudo la playera que esta en la silla del escritorio y me la pongo. Noto que está al revés, pero qué más da, no tengo humor para nada.
Me siento en la cama a decidir qué haré. El reloj marca las tres de la tarde y mis reglas sociales no me permiten estar a esta hora sin quéhacer.
Salgo de la casa para ir a comprar algo de comer. No sé, un atún y galletas o algo que llevarme a la boca de desayuno. ¿Ó será comida? Vuelvo de la tienda y en el camino saludo al señor Wilkins, no hace más que estar en su cochera sentado en su silla; de paso me topo con Pedro, el amigo de mi hermano; y mi gran sorpresa tan esperada, la mujer que me tiene loco desde segundo de prepa, Marbella. Yo le digo Marbella de cariño, pero ella prefiere que la llamen simplemente Mar. Así es ella, me encanta.
Antes de decidirme a levantarme y hacer lo que pensé, me tumbo en la cama y cierro los ojos. No tengo ánimos para salir de aquí.

Las malditas moscas me vuelven a despertar. ¡Cómo las odio en verdad! Pero esta vez batallo para espantarlas, son 5 ó 6 ó más, y entre más se juntan, más se entercan.
Tengo hambre, así que salgo a la tienda para comprar algo de comer. Son las tres de la tarde, creo que hay buena razón para estar hambriento. Al pasar frente a la casa del señor Wilkins noto su ausencia, en realidad es algo muy extraño. En fin, pienso, algún asunto ha tenido que atender. Doy vuelta en la esquina de la tienda y me llevo un tremendo susto al ver a lo que de primera vista me pareció un viajero espacial, por la vestimenta que porta. Pero no, no es un viajero espacial. Sólo es un voluntario de la brigada especial de salubridad quesque por el nuevo virus que desató la epidemia, un tal NA1H y un chingonal de números más. - ¡Carajo, en verdad me espantaste! - le digo a la persona. De la tienda sale don Alfonso, don Ponchito le digo yo, y me dice que coopere con el señor, que es para protegernos. Don Ponchito porta un artefacto que le rodea la boca y la nariz, se ve realmente incómodo, algo de locos. Aún no aterrizo bien mi cabeza y el señor de la brigada me intenta colocar uno de esas cosas raras. Corro de vuelta a mi casa y al pasar por la casa del señor Wilkins lo veo sentado como de costumbre… ¡con un cubrebocas espantoso! Empiezo a sudar, más que por la carrera, es por mi espanto. Ahora Andrés trae uno, Pedro también, hasta Carmelita y su recién nacido. Pienso en mi amada Marbella y espero que no sea tarde para salvarla de esa plaga de bocas de concha blanca.
Toco la puerta de su casa, nadie atiende. Vuelvo a tocar cada vez más fuerte con la misma fortuna. En verdad me preocupa ella. Me dejo caer al suelo frente a su puerta y al mirar al final de la cuadra. Viene con sus padres. Los tres usan tapabocas. Creo que perdí la esperanza de poder besarla algún día. Me desmayo.

Me despierto. Siento que he dormido infinidad de horas. Me siento tan pesado, sin ánimos, hasta cierto punto malhumorado. Vaya pesadilla que tuve. En realidad espero que sí haya sido un mal sueño y ya, que todo sea normal.
Alguien toca a mi puerta. Entra Marbella, como cada mañana y con su presencia me llena de vida y felicidad. Pero esta vez no es así. Marbella trae puesto un cubrebocas. Por qué tiene que seguir esta pesadilla, pienso.
- ¿Cómo amaneció mi paciente favorito? – por un momento todo se vuelve tan confuso. No entiendo qué sucede. Luego de unos instantes todo se aclara, en este hospital los doctores y enfermeras suelen usar cubrebocas. Lo había olvidado por completo.
- ¡Bien! – sonrío.

3 comentarios:

Nydia Pando. dijo...

Ha, qué padre se tornó el relato.
¿Cómo es Mar, a fin de cuentas?

Miss Psycho. dijo...

ay ay ay :D

kristoff dijo...

hahaha, chale, cañas... qué cuarto tan mosqueado te cargas... ya ves lo que pasa cuando tardas tanto tiempo sin arreglarlo